Isaac Jorge Oropesa, 88 años (1921-2010), acaba de fallecer en Cuba hace apenas unas horas. Sé que algunos de los lectores de mi blog tuvieron la fortuna de conocer al Dr. Isaac Jorge Oropesa. Algunos lo conocieron cuando era director de la Escuela Progresiva de Matanzas. Otros, generación tras generación, fueron sus alumnos en el preuniversitario de Marianao o en el preuniversitario del Vedado, en La Habana; y todos, absolutamente todos sus alumnos saben al dedillo de la pasión y la energía que entregó el profesor Jorge Oropesa a la enseñanza y a la Literatura.

Muchas personas lo conocieron en la Iglesia Presbiteriana de La Habana, por toda la isla, en Estados Unidos y en Latinoamérica. Cada 2,000 años o quizás más tiempo, nace un hombre de la estatura de Isaac Jorge Oropesa. Su vida entera, su entrega entrañable a su familia, a su fe y a su tierra ha sido y es un modelo para cientos de personas.

Y yo no quiero dejar estas palabras aquí como simple nota necrológica. Isaac estuvo muy cerca de mí y fue, en gran medida, como un padre. Yo perdí al mío cuando tenía 13 años y él siempre estuvo ahí, al lado mío, de todos, de niños, de jóvenes, de adultos, escuchando, dando consejos, llevando enfermos al hospital a cualquier hora de la mañana, tarde, noche, madrugada.

Son muchos, muchísimos, los recuerdos que tengo de él, pero sobre todas las cosas, ahora mismo, recuerdo que siempre, siempre, Isaac fue un defensor de lo superior y de lo mejor del ser humano, un creador de armonía, un promotor de paz que hacía malabares para superar los enojos, las pasiones, las diferencias. Si tuviera que definirlo hoy llegan inmediatamente, y por encima de todo, algunos de sus dones, su tolerancia, su paciencia, su capacidad de servicio y de sacrificio.

Mucho queda por decir. Hoy ha muerto un gran hombre. Y yo estoy profundamente triste. Que descanse en paz. Que su vida y su quehacer no se derrumbe en el olvido. Algunos mueren para defender la vida de otros, pero hay seres como Isaac Jorge Oropesa que eligen vivir y viven para enseñar, transmitir valores, conocimiento, para defender, día a día y hasta el último segundo, la vida de los otros.