Algunas piezas clásicas sobreviven el vendaval de modernidad plana, mediocre. Otras no. Quedan ahí, en partituras o en el aire de una sala de los amantes de la música. La Polonesa de Chopin es una de esas piezas memorables que todavía surgen con más frecuencia que muchas otras por aquí y por allá. Horowitz la interpreta aquí magistralmente.