friedensschlus-in-anger-rubens-musee-du-louvre-2.jpgLa historia cronológica, colmada de eventos, desafueros y consecuencias sociales, tan documentada, se olvida con frecuencia. La idea de la muerte como coerción sigue siendo tema central en esta Tierra de mortales. La muerte no es un hecho biológico que se completa al final de la vida, o sólo un sobrevenir más, simple, sencillo, y hasta ahora inevitable, sino que parece una presencia omnipotente e impertinente que reaparece a diestra y siniestra, arriba y abajo, y rebasa los debates (indisolubles) con alusiones intimidantes. La muerte se viste, atiborrada de compulsiones, de alocuciones exacerbadas, impulsada por los falsos voceros y pastores que se hacen pasar por intérpretes genuinos de los profetas de antaño.

En el tablao del planeta azul, los guías explican -y complican- nuestros orígenes, nuestras esencias y hacen todo lo posible por producir su voluntad, no la divina, porque la divina es el testimonio de nuestras aspiraciones y errores y la de estos guías sólo es usada para imponer alguna versión oportunista de los hechos en la mesa de transacciones de todos nosotros, los terrícolas.

El centro del chispazo de hoy se ha desatado por las declaraciones del arzobispo de Canterbury. ¿Y qué ha dicho el arzobispo en una entrevista de radio? Que resulta inevitable que Gran Bretaña reconozca la Shariah dentro de las leyes criminales.

Pregúntenles a los saudíes, que saben y aún aplican esta ley aunque esta ya no se aplica en muchos de los países árabes. La Shariah, dentro de los círculos teocráticos musulmanes, es un tribunal religioso que resuelve casos familiares. Y la cuestión principal aquí es si la religión debe formar parte del sistema judicial de Occidente. La Shariah incluye como castigos -por sólo mencionar algunos- apedrear a las mujeres infieles, cortar las manos, dar latigazos y ejecutar. En EE.UU, hemos tenido casos de tribunales similares. En el 2003 en Texas, un tribunal llamado Texas Islamic Court apeló a las cortes para referir un caso de divorcio a su tribunal. En el 2005, otro en New Orleans otorgó una arbitración en un caso de empleo al Institute for Christian Conciliation que usa las enseñanzas bíblicas en las disputas. Las cortes del estado reforzaron también las decisiones de la bet din, corte judía en casos comerciales y familiares, publica The New York Times hoy.

Milenios de vida no nos han hecho más sensatos. Cristianos, hebreos, musulmanes hemos estado en constante disputa sobre cómo deben conducirse las leyes de nuestras sociedades. En las transferencias más notables alcanzadas a través de los siglos, Occidente logró separar iglesia y estado y creó un sistema legal laico que también admite, por encima de todas las cosas, el derecho al credo individual sin persecuciones. Sea cual sea ese credo. Este punto es esencial.

Ahora, la pregunta infranqueable del debate: ¿ese derecho al credo puede interpretarse también como el derecho a incluir en la ley civil de las naciones diferentes tribunales o cortes religiosas o económicas, justicias al fin y al cabo no tan divinas ni proféticas ni perfectas ni eficaces, ni infalibles, interpretadas por hombres en función de los obispos, pastores, chamanes, imanes como leyes exclusivas, con sus respectivos castigos que se remontan a la era de Matusalén?

Debí decir a la era de las cavernas. ¿Pueden convivir al mismo tiempo, pero no revueltos, varios tribunales con sus justicias paralelas, aplicadas por diferentes esencias en el mismo seno de una sociedad por el sólo hecho de que esta respeta y protege la libertad de credos en su procedimiento legislativo? ¿Pueden considerarse estos tribunales teocráticos tan ‘legales’ como aquellos del mismo sistema civil y penal? ¿Son válidas las acusaciones de que estas irrupciones de costumbres dentro de la vida de Occidente amenazan la cultura del Poniente y del Saliente? ¿Son válidas también las imputaciones de que estas intrusiones de tradiciones religiosas o de usanzas terminarán influyendo desmedidamente en el sistema penal?

Cordura. Sabiduría. El carácter irracional de los hombres es más peligroso para la salud social que la sugerencia de debate que ha proyectado el arzobispo de incluir la religión y el castigo de las cavernas, ceder a la Shariah un lugar predominante y equivalente a la justicia dentro de la sociedad del siglo XXI.

Ningún debate similar estaría presente hoy si la gente leyera más libros de historia. La razón es esta suerte de ultimátum vespertino sobre nuestras cabezas -y todavía hay quienes piensan que no estamos viviendo momentos que perfilarán el curso de todo este siglo. La discreción cede a la menor provocación -oh, cautela, oh prudencia-, revelando más de lo que quisiéramos ver de este casi endémico fanatismo y desatino ante un conflicto ancestral por el que ya hemos pasado, en el curso de la historia, infinidad de veces.

Millones de creyentes y no creyentes estarán de acuerdo en que la religión no hace a la gente estúpida. La estupidez fanática, inflamada, reduplicada y su carácter alucinado, descabellado e inherente -sea cristiana, musulmana, hebrea o sectaria- ha sido el fruto infecto de tantos siglos de simulados sermones de falsos profetas, pastores y guías.

La estupidez exaltada, multiplicada, y su carácter irracional congénito es la peor de las amenazas sobre nuestras cabezas hoy por hoy. El atropello a la razón por parte del fanatismo y el uso automatizado de la religión con fines estatales apenas asoma nuevamente sus aforismos al siglo XXI.

Alertas. Frente a nosotros tenemos a ese ciempiés formulado de los que se llaman a sí mismos profetas que cumplen la palabra divina, autodenominados voceros en la gran tarea de movilizar el ardor piadoso de sus discípulos. Y por siglos, y casi prodigiosamente, vaya singularidad, la razón ha predominado mejor que peor en la Tierra. Al menos, aquella de conservar esa carta magna de los hombres para que los mismísimos hombres no se desnuquen, se envenenen, se apedreen, se maten los unos a los otros en un soplido.

Gracias a esa legislación imperfecta, pero una de las mejores obras de la humanidad, Occidente sobrevive. Maltrecho, pero sobrevive ¿Quién desea más teocracia y más fanatismo? Aquellos cuantos. Para los demás, está demasiado claro. Y para aquellos que dudan y deseen probar a qué sabe, cómo se disfraza y qué ha empujado el desbarajuste por siglos y siglos, sólo deben leer inmediatamente más libros de historia.

Imagen: Wikipedia, Szene: Friedensschluß in Anger, Peter Paul Rubens. Musée du Louvre