José Varela: ‘La gente quería ver un arma donde había una caricatura’ (UPDATE 2)

Acabo de ver el programa de María Elvira Salazar, Polos opuestos (que de opuestos hoy no tuvo nada), Canal Gala Miami o Miami Gala (22) en exclusiva con Varela, nuestro caricaturista loco, pero para muchos cubanos, divino. Acostumbrados como estamos a los huracanes y al trópico, discutimos hoy en las casas, por eso de la TV induciendo gestas, si Varela es un héroe o un irresponsable. Al comienzo, Varela hablaba en metáforas y el heroísmo tocaba la infancia, la adolescencia perenne de un inconciente colectivo transplantado, lleno de borrascas, humillaciones, cataclismos.

Para aquellos a los que no les resulta familiar este tipo de lenguaje, acostumbrados como están a ser ‘efectivos’ con la palabra, pudo parecer extraño el tono, peculiar el rostro y la gestualidad, intrigantes ciertas frases sin terminar… extraña, la anécdota del team SWAT que se le acercó… con una botella de agua.

Los otros, ‘nosotros los que ya no somos los mismos’, hemos estado demasiado cerca de los textos, de la cultura, del ‘Zencubana’, del cultivo de la voluntad ante la quiebra, del acto marcial del hijo sin futuro, de la exacerbación obstinada de los símbolos, de la imagen bifurcada de la vida. Nosotros… comprendimos.

Varela no pudo más. Tras sesiones y sesiones de malas rachas, censuras y caricaturas ¿rotas? decidió que tenía que ser el director de El Nuevo Herald.

María Elvira le pregunta: ¿Qué quisieras hacer en el futuro? Varela responde de inmediato: ¿Yo? Director de El Nuevo Herald.

UPDATE 2: 30 de noviembre de 2006. Hoy fueron Humberto Castelló y Navarro, en representación de El Nuevo Herald, a hablar de lo ocurrido en el Nuevo con Varela al programa de Oscar Haza. Cada cual tiene una versión de los hechos. Pero anoto aquí breve y rápido: Castelló dice que El Nuevo Herald aplica ‘las reglas’ del periodismo. Dice que El Nuevo reporta las noticias, como lo hace The Miami Herald.

Y eso no es cierto. Basta contar cuántos ‘eventos’ deja fuera. Cuánto de Miami deja en silencios. Sus lectores, esos que no leen inglés, nunca llegan a saber ni la cuarta parte de lo que ocurre en el país donde viven y en la ciudad donde viven.

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